Los primeros quince años de mi vida transcurrieron bajo la sombra triste y gris del franquismo. Sin embargo, mis contactos con el Régimen fueron puramente circunstanciales. Uno de los recuerdos más sombríos que guardo es el de una fría y lluviosa mañana de noviembre de 1970, cuando con apenas 10 añitos, vestido con una camisa de la OJE y brazo derecho en alto, tuve que participar con otros muchos niños (no sé cómo fui a parar allí, supongo que íbamos todos obligados) en el acto de inauguración del monolito de José Antonio (ya se ve que la obsesión por los pirulos viene de lejos). No sé si ese día, pero en todo caso por aquellos tiempos, recuerdo también el escalofrío en el pescuezo que me causó ver de cerca a Pilar Primo de Rivera en su visita a Crevillent; escalofrío que se convirtió en algo mucho más siniestro cuando contemplé al inefable Juan García Carrés (después famoso por su participación en la trama civil del 23-F), sentado en la tribuna de autoridades para asistir a nuestras fiestas. Si las experiencias de la infancia se quedan grabadas a fuego, a mí, desde noviembre de 1970, me gustan bastante poco las inauguraciones…
Tampoco hace falta ser psicólogo para saber que entre los 10 y los 15 años la mente y la personalidad sufren cambios decisivos: la conciencia y la capacidad de medir las consecuencias de los propios actos emergen con toda claridad. Fue en esa época cuando tuve mi experiencia definitiva con el Régimen. Debió ser muy a principios de 1973. El virus de la afición por los deportes de montaña ya me había picado (lo conservo con gusto hasta hoy, como otros varios de esa época), y algunos amigos decidimos dejarnos caer por la OJE, la organización juvenil del Régimen. Fue una opción puramente posibilista: no nos gustaba nada el ambiente machista y un punto matón que transmitían algunos de sus capitostes, pero a fin de cuentas, nos habían dicho que la OJE tenía cuerdas de escalada y nosotros no teníamos un duro.
Llegó así la primera reunión de la escuadra o de la centuria (ya no me acuerdo de la terminología), en el local que hoy ocupa la biblioteca municipal. Como quiera que comenzaban a correr vientos de cierto cambio y apertura, el jefe dijo que iba a proceder a pasar lista, y que ya no era necesario que gritásemos una consigna patriótica. Estaba de pie, frente a nosotros; detrás de él, a su derecha, también de pie, se encontraba su lugarteniente. Bien, comenzó el acto de pasar lista y cada cual fue respondiendo a su gusto al tiempo que el jefe pronunciaba su respectivo nombre. Unos, más exaltados o guiados por el hábito, vociferaban marcialmente aquello de “¡Presente!”, o “¡Arriba España!”; otros, más tímidos o más calmados, se limitaban a decir “servidor”, “yo”, “aquí”, o expresiones semejantes. No recuerdo qué contesté, pero el caso es que poco importa. Lo que importa es que cuando le tocó el turno al subjefe, éste dio un paso al frente, se cuadró, extendió el brazo derecho en forma de saludo romano, y gritó “¡Heil Hitler!”. Oír esto, girarse el jefe de la centuria con el brazo extendido y propinarle a su subjefe la hostia cuartelera más sonora y redonda que he presenciado en mi vida, fue todo uno. El abofeteado quedó temblando como un tentetieso, mientras el jefe de la centuria desataba una verdadera cascada de improperios sobre su segundo… Supongo que este incidente tendrá algo que ver en la proverbial mala relación que mantienen hasta hoy, pero el caso es que allí acabaron tanto mi breve vida en la OJE, como mis contactos con el Régimen. En mayo de ese mismo año, nos afiliábamos –dando comienzo a una de las mejores etapas de mi vida- al Centro Excursionista, donde antes de cumplir 18 años, ya era secretario, lo que virtualmente implicaba ser número dos en una sociedad con más de 400 afiliados en aquellos momentos. Después, a medida que comenzaba la Transición (que coincidió con los años de estudio de mi carrera), desarrollé una mentalidad política de izquierdas, de la que no tengo nada que ocultar. Voté al PC en las primeras municipales (¡qué gran momento ver salir a Emilio al balcón del Ayuntamiento en el 79, como primer alcalde democrático!); nunca me gustaron Stalin ni Mao (preferí en todo caso, aunque por breve tiempo, a Trotsky), ni tampoco Largo Caballero; y llegué al socialismo, después de leer bastantes cosas de los teóricos marxistas (unas buenas, otras pésimas), de la mano de los principios humanistas que me inculcó mi padre; principios que veía en personajes como Julián Besteiro o, en mi propio tiempo, en el profesor Tierno Galván. Sólo me afilié al PSOE en 1995 (es decir, no con el viento a favor, sino en uno de los momentos más difíciles de la historia del partido), y por supuesto, nunca he mandado carta alguna a ningún periódico defendiendo los excesos del totalitarismo comunista (ni de ningún otro), de los que siempre fui consciente.
Estos días se ha armado bastante revuelo con la “reedición” de la carta que nuestro actual alcalde envió en su momento al periódico Información. Debo decir que este asunto me ha causado una cierta sorpresa, aunque comprendo su tirón informativo. Y es que lo más grave (que lo es, y mucho) de esa carta, no es la negación del holocausto judío; lo peor es que trasciende en su redactor una ideología claramente formada y diáfanamente nazi. Una ideología vinculada a la radicalización y a las organizaciones paramilitares que surgieron de la descomposición del franquismo, a quienes no gustaba el giro “moderado” que el Régimen iba tomando en sus últimos tiempos. De ahí que haya contado la anécdota anterior, bastante ilustrativa de por donde iban a ir las cosas. De ahí también mi sorpresa: porque puede que haya gente en Crevillent que no conociera la dichosa carta (aunque menos de la que pueda creerse), pero lo que nadie ignoraba es la procedencia ideológica de César. Y a pesar de eso, ha sido y es el alcalde más votado, repetida e insistentemente, de la época democrática.
Explicar que este hombre haya podido reciclarse como un demócrata “a coste cero”, habiéndole bastado hasta ahora con poner tierra (o mejor dicho, tiempo) de por medio, para terminar imputando el suceso a un “sarampión” de juventud, es algo que trasciende lo puramente personal. Por eso me he decidido a escribir estas líneas. Porque este asunto tiene que ver ante todo con el modo en que se hizo nuestra -por tantas otras razones loada- Transición. En este sentido, siempre me ha parecido que con la Ley de Amnistía, no sólo se estaba “perdonando” a la izquierda por sus posibles delitos ideológicos o políticos, sino que sobre todo era la derecha quien estaba “comprando” su posterior impunidad. Franco murió en la cama; como lo han hecho o lo harán todos los que apoyaron su Régimen, incluso aquellos que cometieron crímenes y que han podido seguir paseándose tranquilamente por la calle sin que nadie les importune. Todo esto contribuye a explicar dónde están los votos de esa gente y por qué el P.P., sin ir más lejos en nuestro propio pueblo, tiene tantas dificultades en aplicar la Ley de Memoria Histórica.
¿Y el pueblo soberano? Amnistía es palabra vecina de amnesia. Ambas comparten la misma raíz griega. La primera consiste en el olvido legal de los delitos; la segunda entraña una grave pérdida de memoria. Al pueblo, a la gente normal y corriente, se le vendió muy bien aquello de que era necesario olvidar, meter la historia en los libros y no dejarla escapar de ellos. La derecha actual y, sobre todo, la derecha fascista, ha sabido durante todos estos años que esta estrategia, que en el fondo no es otra que la del miedo, era la que más les convenía. Y a juzgar por lo que veo que mucha gente piensa, han tenido bastante éxito. Olvidar, así pues, ha sido una de las grandes consignas de los últimos treinta años. Entonces ¿a qué tanto ruido con que ahora se destape una carta que simplemente nos recuerda que el único origen ideológico claro y autógrafo de nuestro alcalde sea el del nazismo?
Hola muy buenas:
Acabo de leer su último artículo , y pese a desconocer la situación particular por la que pasa Crevillent, coincido plenamente con el mensaje de fondo que quiere trsmitir (creo).
Hoy por hoy todos los que se llenan la boca de defender la democracia e intentan darnos lecciones a los demás de lo democráticos y lo maravillosa que es nuestra Constitución tienen un pasado más que dudoso.Por supuesto , me refiero al partido político dónde se se escoge la gente “a dedo” . Pero claro , el pasado no interesa y es mejor olvidar…..
He leído tu comentario.
A los 17 años, yo estaba cansado de trabajar.
Odío la epoca franquista desde el primer al ultimo momento de esta época. Lo odío.
Se me nego la posiblidad de estudiar, de viajar, de debatir hasta incluso de amar, porque mi familia era poca cosa.
Yo tuve sarampión de pequeño, y me tuve que levantar e ir a trabajar, porque mi familia necesitaba el dinero. No se burle, Sr. Cesar de una enfermedad que a muchos no nos fue ni permitido quedarnos en casa a descansar.
Este pueblo tiene mucha amnesía, este pueblo ha olvidado muy pronto, y eso no es bueno, ni para el pueblo, ni para las familias.
Este pueblo debería hacer un poco de reflexión, ver su Memoria Historia, y despues por ellos, por sus antepasados, saber que es lo que vota.
Me gustaría que cada uno-una que escriba, explique que aficiones o que hacia cuando tenia 17 años. Yo trabajada, hacia muchos años que trabajaba. TU QUE HACIAS A LOS 17 AÑOS?
Qué interesante la reflexión de Paco Flores. Yo no viví la dictadura o la viví siendo un niño. Nací en el 68. Pero con 17 años trabajaba los fines de semana, desde que empezaban hasta que acababan, en todo lo que saliera, gasolineras, mercados, restaurantes para que el sueldo de gasolinero de mi padre se estirase y mis hermanos y yo pudiéramos estudiar. Sobretodo, ni mis hermanos ni yo hemos olvidado de donde venimos y, por supuesto, sabemos que nuestro sitio nunca estará con estos fascistas disfrazados de demócratas.