MEMORIA HISTÓRICA

El destino, más que la casualidad, ha hecho que llegasen a mi poder las cartas a su familia escritas, en el campo de concentración durante el primer año de exilio en Argelia, por un crevillentino: José Sánchez Candela. Comienzan con la salida del puerto de Alicante, en el célebre Stanbrock (“el barco –que sólo tenía capacidad para 1.000 personas-, cargó con 3.000 cuyas vidas había que salvar, y a las 11 de la noche de aquel inolvidable día, salimos de aquel puerto dirigidos por un valiente capitán”). Terminan en torno a abril de 1940, vísperas de la invasión nazi de Francia.

Son cartas de angustia y de dolor:
“Ayer me dieron una mala noticia de Alicante: me dijeron que D. Angel Pascual Devesa había muerto ‘de la enfermedad que corre’ en esa. ¡Cuánto que me ha afectado este golpe! No merecía este hombre ese fin, ni él mismo lo sospecharía. Creo que hizo a los enemigos demasiado bien. Ya ves el pago”.

Son cartas de incertidumbre y de miseria:
“No sé si esto que te dedico escrito podrá algún día llegar a tus manos, ni qué día podrá ser”.
“No tengo ganas de afeitarme y cortar el pelo. Tampoco de vestir. Aqui vamos barbudos y semivestidos. ¿Para qué más? Cada vez se me hacen las noches más largas. Sueño mucho. ¡Qué armoniosas resultan las serenatas de los grillos! ¡Qué interesantes los espontáneos saltos de los saltamontes! ¡Qué admirable la profusa multiplicación de pulgas y moscas en competencia con las chinches y piojos! Todo, todo, es señal de vida, aunque de vida miserable, que prefiero a la que me daría Franco”.

Son cartas de añoranza por su pueblo y por la patria:
“Tengo ganas de comer toña con chocolate”, decía en Pascua;
“¡Cuánto echo de menos mi casa y mi cama! Porque has de saber, que ni tengo casa, ni cama, ni lo que llaman Patria”
“¡Qué lástima de aquella República perdida y de aquella España que con ella pudimos levantar los hombres de voluntad!”

Pocas tan desgarradoras como la escrita en la mañana del día de Navidad de 1939.
“Mi querida esposa: Pasó la noche que llaman buena. La vuestra me figuro cómo habrá sido. La del resto de España también. Vacías las despensas y llenos los cementerios como campos de concentración, el panorama no puede ser otro que de frío, luto y desolación. Aún habrá habido desalmados que en el nombre del que después fue crucificado, se atrevieran a emborracharse de vino y villancicos.
Aquí en este fortín ya hace meses que presenciamos el cruce por las veredas de los Melchores, Gaspares y Baltasares, montados en sus caballos con llamativas chilabas. También presenciamos de cerca el pastoreo de las vacas y rebaños lanares. Cerca de nuestra atalaya, vemos serpentear un plateado río en las noches. Pero, silencioso y triste, discurre indiferente a nuestra sentida tragedia. Durante el día, se transforma bajo los efectos del sol, y su cauce se convierte en saetas de fuego cristalizado que hieren a las esquilas cuando pacen en su ribera, con balidos de vez en vez, de orfandad prematura.
Las guían y las guardan sus pastores, pequeños mojamets muy semejantes a los niños descuidados de nuestro barrio de la Salud, o sus madres, felices moras, que a pesar de su cadena en el pie izquierdo que simboliza su esclavitud, de acercarse a nuestro campo se cubren, al parecer avergonzadas de ver en qué ha parado nuestra libertad y civilización. En honor a esta raza, tan semejante a la nuestra levantina, he de manifestar que son los únicos simpatizantes en estas tierras con nosotros. Sobre todo los de clase humilde.”

Son cartas de lamento por la libertad perdida:
“Tengo un pantalón de dril azul mar. Hoy creo nos darán alguna camisa y algo más. Más valiera que nos dieran la libertad de hombres y trabajo”.

Pero son también cartas de dignidad en la adversidad, de amor por su familia, de mantenimiento hasta las últimas consecuencias del respeto por los propios ideales:
“Hace unos días el Delegado en el Campo del gobierno francés nos llamó a su despacho y uno a uno nos preguntó. Primera: ¿Si Franco abre la frontera Vd. volvería a España? Yo contesté a esta que no. Segunda: ¿Y si Franco decretase una amnistía? Contesté que con Franco nada. Tercera pregunta: ¿Y si en España hubiera una monarquía? A esta contesté que si fuera una monarquía constitucional que me concediera todos los derechos y garantías de ciudadanía, sí.”

Pepito Sánchez Candela no fue un “rojo peligroso”; nunca se manchó las manos de sangre; abominó de la violencia; vivió como un modesto empresario; y fue un humanista a carta cabal que dio lo mejor de sí por su pueblo y por sus gentes. Pepito Sánchez Candela fue, ante todo, una buena persona y un buen padre de familia. Su único delito fueron sus ideas republicanas. Desde sus cartas, escritas en medio de las mayores adversidades, este hombre que tuvo que abandonarlo absolutamente todo cuando ya pasaba la cincuentena, nos sigue dando hoy una lección de integridad moral y de optimismo en el futuro que haríamos bien en aprender. Las suyas son siempre palabras de concordia y de entendimiento; no hay en ellas el menor atisbo de odio; son las palabras generosas de un hombre que sacrificó su vida por sus ideales; todos, sin exclusión, deberíamos sentirnos sus herederos.
Y en esas palabras, dos grandes deseos afloran. Uno, el de regresar a una España donde la democracia y la verdadera paz hubieran sido restablecidas, Pepito nunca lo pudo ver cumplido. El otro deseo atañe a la justa reivindicación de su memoria. Y tenemos ocasión de realizarlo ahora:
“Un pedazo de vida menos y unos años de sufrimientos más. Ayer estuve un rato con los retratos. Me alegré de haber podido llorar. Me he prometido cuidarme mucho para no caer malo. Quiero vivir para que la historia responda de la bondad de mis actos en ésa y en ésta. No me puedo avergonzar de ningún acto, y lo mismo digo de vosotras. Esta seguridad es mi mayor orgullo en el paso de la vida, que no ha sido corto, ni dejó de ser tentador”.

Sin duda, fueron los deseos de los miles de republicanos que padecieron el mismo, o aún peor infortunio, que el de José Sánchez Candela. Hoy, me siento particularmente satisfecho de que su voz, tantos años silenciada, haya podido resonar en su pueblo y en el seno de una corporación democrática, humana y compasiva, como a él le hubiera gustado. José Sánchez Candela murió solo en Orán, sin haber vuelto a ver jamás ni a su tierra ni a sus seres queridos. Nunca recibió homenajes, ni se le dedicaron calles, ni se escribieron placas con su nombre. Pero es justo que le rescatemos, que le concedamos el derecho de comparecer ante nosotros y ante la Historia. Como a tantos otros que empeñaron su vida defendiendo una España democrática. Porque de ellos puede decirse, como lo hizo Max Aub al retratar los momentos de angustia vividos, entre otros por el propio Pepito Sánchez Candela, en el puerto de Alicante:

“Estos que ves ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides, hijo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos, por la sola justicia; cada uno a su modo a su manera, como han podido, sin que les importara su comodidad, su familia, su dinero. Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía sin escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo. No lo olvides nunca, hijo, no lo olvides.
Lloraba. El niño –tendría cinco años- lo miraba sin comprender”.

Nosotros sí podemos comprender: no añadamos, a la injusticia del dolor y de la sinrazón que les llevó a la muerte o al exilio, el infamante desprecio del olvido.

[Intervención leída en el pleno ordinario del Ayuntamiento de Crevillent de 28 de Abril de 2008]

1 Respuesta a “MEMORIA HISTÓRICA”


  1. 1 Alexandra 14 Jun, 2008, 10:06 pm

    Muy grandes las palabras de Max Aub. Más grandes todavía las de Pepito y toda esa gente que tuvo que huir de su país y que ahora cuentan su historia de igual manera, aún sin haberse conocido entre sí y con un precioso acento valenciano.

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