A medida que se acerca la Cita Olímpica (8-08-2008), crecen en el mundo -sobre todo el Occidental- las protestas por la celebración de los Juegos en la capital de un país que no respeta los Derechos Humanos. No tengo por costumbre escribir acerca de cuestiones como ésta, pero una conversación con amigos y militantes, en la que surgió el asunto, me lleva a hacerlo.
Sin duda, la violación de los Derechos Humanos en China es constante. Por otra parte, el comportamiento del gobierno de la República Popular en el Tibet, desde que este país fuera ocupado en 1950, así como en la Mongolia Interior, puede calificarse de deliberada destrucción -por no decir genocidio- cultural y físico.
Por tanto, sin duda que el gobierno chino merece una dura reprobación por parte de la comunidad internacional. Ahora bien, por comprensible que resulte aprovechar la proximidad de los Juegos para poner sobre el tapete la cuestión, el asunto no es sencillo ni carece de matices.
Dejando al margen la cuestión de que no todos los países occidentales -comenzando por quien hay que comenzar- están en disposición de tirar la primera piedra, cabría preguntarse a quién hay que reprobar junto con el gobierno chino, así como no perder de vista quién pagaría realmente los platos rotos.
Respecto de lo primero, creo que nadie tiene la menor duda de que ni el C.O.I. (S.A.), ni las grandes multinacionales son inocentes. Diríjanse, pues, las quejas también contra ellas. Me gustó, hace unos días, una de las reflexiones de Ramoneda en el minuto final de Hora 25 en la SER. Poco más o menos, decía así: “Visto el entusiasmo con que el capitalismo actual apoya a China, cabría preguntarse si la animadversión que el propio capitalismo sintió por la URSS se debió a su carácter comunista, o más bien a la probada incapacidad soviética para explotar hasta el límite a los trabajadores”.
Lo cual nos deja ante la segunda cuestión, la de quién resultaría perjudicado. Sin duda, el movimiento olímpico -y en especial los deportistas-, una de las pocas cosas nobles que nos van quedando. Pero sobre todo, el propio pueblo chino. Hace unos días, leí una pequeña obra sobre el célebre raid de Doolitle, de abril de 1942. Los norteamericanos, deseosos de asestar sobre el corazón del Japón una seria advertencia, así como de recuperar la dignidad perdida tras Pearl Harbor, idearon y llevaron a efecto un bombardeo sobre el territorio japonés con apenas 15 aviones. El resultado material fue prácticamente nulo. El moral, en cambio, resultó importantísimo. No sólo los americanos recibieron una importante inyección de ánimo, sino que los japoneses fueron colocados en un desmesurado estado de indignación. La mayor parte de las tripulaciones aliadas no pudieron llegar a China (su destino) por falta de combustible, y algunas que cayeron en partes del país ocupadas por los nipones fueron ejecutadas sumariamente. Hasta aquí, la parte más conocida de la historia, relatada -como no podía ser de otro modo- con aires épìco-patrióticos en alguna producción de Hollywood. Lo que no se sabe, y ahí es donde voy, es que la brutal represión desencadenada por los japoneses en China como represalia por el apoyo prestado al raid pudo costar la vida a decenas de miles de personas…
El mundo en el que vivimos está plagado de contradicciones. Un boicot a los Juegos sin duda perjudicaría a cientos de miles de ciudadanos chinos, y probablemente también a tibetanos y mogoles, porque acrecentaría la política represiva que ya se ejerce sobre ellos. Serviría en bandeja a los gobernantes chinos, además, el viejo pretexto del cierre de filas patriótico frente al desprecio extranjero, máxime en país de tan larga y honorable tradición y cultura.
Pero siguiendo con las contradicciones, el otro día supe también de un informe que situaba en la barrera mínima de los 4.000 dólares de renta per cápita la viabilidad de cualquier proceso democrático. No es una garantía, pero sí una condición necesaria: por encima de esa renta anual, podrá haber o no democracia efectiva; por debajo de ella, es imposible. Ergo -y teniendo en cuenta que sólo triunfan las revoluciones internas, y no las exportadas desde fuera-, quizá lo mejor que podamos hacer es contribuir a que el progreso económico chino alcance estos mínimos. A la larga, será también el mejor método para que la competencia económica del gigante asiático tenga que asimiliarse a las estructuras de costes de los estados del bienestar occidentales.
Puede que, por su profundo conocimiento del asunto, el Dalai Lama tenga bastante razón cuando está pidiendo que no se impida la celebración de la Olimpiada.
Dicho todo con mi mayor afecto y simpatía por la justicia de la causa tibetana.
Totalmente de acuerdo contigo. Yo me preguntaría también por qué se forma tanto revuelo con la situación en el Tíbet (como si fuera nueva) y seguimos permitiendo que una democracia occidental como Estados Unidos tenga cárceles fuera del país donde encierra y tortura con total impunidad y sin juicio. Supongo que será la doble moral y la eficacia de la propanganda americana.