El Viejo

Hace pocas fechas, nos ha dejado Antonio Imbernón Guardiola. Los chavales –apenas unos niños- que a principios de los años 70 comenzábamos a salir a la Sierra le bautizamos con un mote cariñoso que él aceptaba de buen grado: “El Viejo”, aunque por entonces no lo fuera tanto. Y Antonio se nos ha ido haciendo honor al mote, bien cumplidos los 90 años.
Antonio fue –con las palabras del poeta- un hombre, “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Repartió a raudales generosidad y entrega; fue de trato afable y cercano; nunca dijo una palabra más alta que otra; y sobre todo, supo infundirnos –en cuanto estuvo en su mano- respeto por los demás y por la Naturaleza.
A todos se nos hizo muy entrañable. De estampa inconfundible, una sonrisa orlada por un bigote a lo Clark Gable, unas sencillas chirucas y un escueto morral de lona, “El Viejo” hizo las veces de padre, de guía y de amigo en aquellas primeras salidas montañeras. Sabía, además, contar historias y embelesarnos con ellas cuando las relataba por las noches al calor de la fogata, en aquellos tiempos tan distintos y ya tan distantes. Claro que después no había quien durmiera, ante la descomunal y extraordinaria orquesta de ronquidos, pitidos y ruidos varios que adornaban su sueño: algo tendrían que ver los “Habanos” que fumaba asiduamente.
Recuerdo en especial una fecha: 30 de septiembre de 1973, si la memoria no me falla. Aquel día estaba programada la marcha entre Crevillent y el Fondó de les Neus. La jornada amaneció extraordinariamente despejada y apacible, y así se mantuvo durante toda la mañana. Sin embargo, y mientras comíamos en el Fondó, el tiempo cambió con gran rapidez. Aquella tarde, de regreso a Crevillent, cayó una de las tormentas más impresionantes que he visto en toda mi vida. Cuando nos acercábamos al Puntal, las descargas eléctricas erizaban nuestras cabelleras; en el estrechamiento de la Rambla que hay bajo el Cantal de Mateu, poco antes de Els Pontets, pasamos con el agua casi por la rodilla y ya entre dos luces. Entramos en Crevillent, unos pocos jóvenes conducidos por Antonio, anochecido y calados hasta los huesos. Y sobre todo, angustiados. Yo sabía que en casa estarían preocupadísimos, porque –en un mundo sin teléfonos móviles y con pocos de los otros- no habíamos podido dar noticias de lo que estaba sucediendo. En mi caso, era además una de las primeras salidas a la Sierra, y si nada lo remediaba, pensaba que quizá fuese la última. Así que rogué a Antonio que me acompañara a casa y le contara lo sucedido a mi padre. Tan apurado me vería que no se lo pensó dos veces. De modo que los dos tuvimos que aguantar el nuevo y esta vez bien merecido “chaparrón” verbal que nos lanzó mi buen padre, mientras desahogaba la angustia que habían tenido que pasar en casa ante la magnitud de la tormenta, la falta de noticias y lo avanzado de la hora. ¡Menuda imagen compondríamos Antonio y yo, hechos una verdadera sopa, en la entrada de mi casa! Pero como no podía ser de otro modo, también esta tormenta pronto se apaciguó y las aguas volvieron a su cauce; desde entonces, le estuve eternamente agradecido al “Viejo”.
En los últimos años, le veía esporádicamente. Antonio caminaba mucho por las sendas y caminos del pueblo, siempre activo, a pesar de los problemas articulares que le atenazaban. Me dice su hijo Juan, hoy presidente del Centro Excursionista, que sufrió en los últimos días: no lo merecía. Su muerte me pilló de viaje, y ni siquiera pude llegar a tiempo del entierro. Con Antonio, a aquellos chavales se nos ha muerto una de las etapas más entrañables de nuestra vida; pero con su morral, su bigote, sus chirucas, y sus “Habanos”, Antonio Imbernón estará siempre en lo más profundo de nuestro corazón.
Gracias por tu vida, “Viejo”.

4 Respuestas a “El Viejo”


  1. 1 grijander 7 Feb, 2008, 6:25 pm

    Molt bonica la historia de este home.Espere que en el temps hi haja gent que ens recorde de una manera tan entranyable com ho fas tu amb ell, seria el millor regal de despedida que ens podrien donar. Moltes gracies per els teus escrits que ens ajuden a reflexionar sobre les coses importants de la vida i canya al gobern municipal, que tenen molta soberbia.Adeu i fins l’altra

  2. 2 cayetano 7 Feb, 2008, 8:04 pm

    Què menys que dedicar-li unes línies. Gràcies pel comentari

  3. 3 noonmoon 8 Feb, 2008, 7:03 pm

    Soy amigo de Cayetano desde la infancia, y tambien pertenezco a los que “el Viejo” denominaba sus “zagales”. Podríamos escribir un libro de anécdotas de aquellos maravillosos años de aventuras, descubrimientos, noches de fogata y frío…, de la mano de una persona llena de humanidad. Que disfrutaba igual o más que sus “zagales” de los fines de semana, recorriendo sendas y durmiendo en cuevas. A quien le podías pedir cualquier cosa que no tenías o llevabas, por olvido o escasez de la época, y él de su macuto ajado y recremado por el sol de esta tierra te sorprendía sacándolo de uno de sus abultados bolsillos. El despertar temblando de frío, envueltos en mantas que nunca eran suficientes y escuchar una frase de su boca que se hizo famosa: “Lo quieres con llé o sin llé”, refiriéndose al desayuno que siempre nos preparaba. En fin, cómo se preocupaba de todos nosotros y de todos nuestros problemas. Y digo de todos, no sólo de los que surgían los fines de semana. Para mí una persona a la que echaré siempre en falta. Ojalá nuestros hijos pudiesen encontrar a una persona con la mitad de talante del “Viejo”, para recorrer las sendas.
    Agradezco de todo corazón a Cayetano el incluir en su blog un espacio para recordar a Don Antonio Imbernón Guardiola.

  4. 4 cayetano 10 Feb, 2008, 7:28 pm

    Gracias a ti por el comentario. Reconozco que yo llegué un poco tarde a aquel grupo de los zagales de Antonio, y pienso que quizá deberíamos intentar reunirnos todos un día, real o virtualmente, para recordarle como se merece.
    Un abrazo.

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