No me tengo por adivino, pero para hacer este pronóstico no hace falta ser San Malaquías, que no sólo predijo con toda exactitud el día de su propia muerte, sino que también se atrevió a vaticinar el Fin de los Tiempos: las horas de César Augusto Asencio como alcalde de Crevillent están próximas a extinguirse.
Son múltiples los signos que anuncian este singular Armaggedón crevillentino: el deterioro económico, el aumento del paro (que nos fuerza a buscar trabajo y futuro en otras poblaciones), la desestructuración como pueblo, la falta de servicios, el caos urbanístico, la pérdida creciente de identidad y de patrimonio, la pésima imagen exterior…. En fin, unas perspectivas de futuro cada vez más reducidas, un pueblo que va perdiendo –entre inauguración e inauguración de más piedras y cemento- el tren de la modernidad. Y en el origen de todo este mal, una vez más, como siempre, el principal de los pecados capitales, el mismo que provocó la rebelión y la caída de Lucifer: es decir, la soberbia con la que este hombre se ha manejado y se maneja.
En el origen del dichoso obelisco está esa soberbia (“estima exagerada de sí mismo, o amor propio indebido, que busca la atención y el honor”), como lo está en su última, más apreciada y no confesada pretensión: ser elegido, no para ser alcalde por otros cuatro años, sino para recibir un nuevo tributo de honor y pleitesía. Porque, más allá de las maniobras que podamos ver estos días y de las especulaciones que puedan hacerse sobre sus futuros destinos, una cosa queda clara: desde que César Augusto Asencio fue elegido por tercera vez alcalde de Crevillent, la alcaldía dejó de interesarle lo más mínimo, y se dedicó –y en eso sigue- a construirse su propio futuro. Una nueva elección no podría ser más beneficiosa para su vanidad ni más perjudicial para un pueblo que necesita no perder ni un minuto más en comenzar a conquistar el mañana.
Para empezar, nosotros proponemos, siguiendo con la sana teología, la humildad. La humildad es una gran cosa: te hace contemplar la realidad tal cual es y no con falsos prismas triunfalistas y, sobre todo, te acerca a las personas, que son la única razón de cualquier buen gobierno.
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