Siempre he dicho a mis alumnos que el último reducto de la -peor- Escolástica se encuentra en la política. Hoy leo en una obra de Steven Shapin sobre la Revolución Científica la siguiente frase:
“El pueblo tiende a desinteresarse por la verdad cuando ve controversias y altercados, y a pensar que si los disputantes no se encuentran nunca es porque están todos extraviados”.
Lo escribió el canciller Francis Bacon -no sólo un gran científico sino un experimentado político- a principios del siglo XVII.
Hay quienes prefieren la bronca, el alboroto y el insulto continuos porque saben que es la mejor manera de que la gente -el pueblo- piense que todos andamos, efectivamente, extraviados. Y eso es lo que les interesa: oscurecer la verdad y volvernos displicentes ante ella; deslegitimar la política, en suma, para así mejor mantenerse en el poder. Como me identifico con los humanistas (los más serios adversarios de los escolásticos), siento la más profunda aversión por esos procedimientos, por la palabrería hueca que encubre la defensa de intereses bastardos y dificilmente confesables. Ahí es donde nunca me encontrarán, con independencia de quiénes sean y en qué partido militen.
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